Durante años, la justicia se enfrentó a un muro de silencio y falta de evidencias físicas concluyentes. Los primeros restos fueron hallados en las orillas del Río Green, en Washington, lo que dio origen al apodo que sembró el pánico en todo el estado.
La astucia del criminal le permitió mantener una fachada de ciudadano común. Trabajaba con constancia como pintor de vehículos y llevaba una vida familiar aparentemente normal, lo que desviaba cualquier sospecha directa sobre su persona durante las rondas de investigación iniciales.