El fútbol es la única rivalidad entre Argentina y Brasil que sus sociedades reconocen como tal y que perdura a lo largo del tiempo. Ya sea en el número de campeonatos mundiales o en la cantidad de partidos ganados, la competencia existe, no puede negarse. Pero, aun así, no deja de ser una rivalidad amistosa, colorida. Esta contrasta con la naturaleza de las relaciones bilaterales en el resto de las esferas, donde predomina la cooperación y la amistad estratégica.
Este camino hacia la construcción de una relación amistosa, estable y duradera, basada en la confianza mutua, comenzó de manera sostenida en la primera mitad de los años ochenta, cuando ambos países iniciaron el proceso de transición de los gobiernos autoritarios a la democracia. Tuvo dos protagonistas: los presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney. Dos estadistas, que entendieron que la democratización, la cooperación bilateral, el estrechamiento de las relaciones, y -a futuro-, la integración regional, eran procesos que se retroalimentaban y tenían un impacto mutuamente beneficioso