“Creía que dominaba la situación y no dependía del consumo”

Dia uno
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A quince años de haber atravesado una etapa de adicciones y con trece años de abstinencia, Raquel Lukowiec, periodista y productora de Canal 4 de Posadas, relató una historia personal marcada por la adicción y su impacto en la vida cotidiana. Hoy, con 48 años, se desempeña como periodista y productora y, a partir de este testimonio, aporta una mirada sobre la importancia de hablar de los consumos, reconocer los límites y pedir ayuda a tiempo, sin estigmas ni silencios.

“El consumo comenzó cuando estaba en pareja con un chico que consumía. Aunque no lo hacía delante mío, me llamó la atención y empecé a ver que sí yo lo hacía sería como un acto de amor, esas estupideces que uno hace cuando es joven. Primero le pedí para probar la cocaína. Después consumía algunos fines de semana con amigos; cuando estaba nerviosa en el trabajo también era un motivo para juntarnos. Hoy miro hacia atrás y veo que en mi familia el consumo de alcohol siempre estuvo naturalizado, pero uno nunca piensa que el alcohol o el cigarrillo pueden generar una adicción: se piensa en la cocaína o la marihuana”, expresó Raquel.

La continuidad del consumo estuvo ligada a una necesidad de pertenecer y de sentirse elegida. El consumo se trasladó a la semana laboral, con bajones posteriores a los fines de semana que afectaban la concentración, derivaban en consumo durante la jornada y, con el tiempo, en episodios casi diarios, con impacto directo en su economía.

“El consumo afectó mi situación económica y la relación con mi hija. La cocaína te va cambiando el humor y el carácter y me quedaba mucho más irritable cuando pasaba el efecto. Había fines de semana en los que me preparaba con tiempo para esos encuentros y llevaba a mi hija con familiares para que no estuviera ahí, porque no quería que me viera. Nos juntábamos a comer con el grupo y terminábamos sin comer, porque sólo consumíamos. No había plata que alcance: nunca tuve que recurrir a robar, pero el consumo afectó mi situación económica”, señaló.

Esta dinámica se extendió por cerca de dos años, con idas y vueltas y sin una regularidad constante, bajo la idea de que “yo creía que dominaba la situación, que no dependía del consumo”.

Con el tiempo, la percepción de un límite apareció de manera clara, asociada a un profundo vacío personal y a pensamientos autodestructivos mientras vivía en un departamento en altura.

Pedir ayuda

Las dificultades para dormir también aparecieron, con despertares durante la madrugada que aún persisten de manera intermitente. Luego recurrió a un amigo de toda la vida, a quien le contó lo que estaba atravesando, y se inició la búsqueda de ayuda vinculada a la fe, tras la invitación a retomar la asistencia a una iglesia que en ese entonces funcionaba en la zona de Yerbal y Ameghino. El proceso fue gradual y estuvo marcado por una sensación de aceptación personal, bienestar creciente y una fortaleza que se fue construyendo paso a paso.

“Ahí inmediatamente me puse de novia con un chico que me hizo mucho bien, porque era una persona sana. Si bien no pertenecía a mi misma religión, no fumaba y no quería que yo fumara dentro de la casa; me empezaba a esconder los cigarrillos y ahí empecé a darme cuenta de que el cigarrillo era algo social”.

“Después él empezó a ir conmigo a esos encuentros de los fines de semana, pero no sabía que yo consumía y yo tenía miedo de que se entere y que eso fuera un motivo para que me deje, que me abandonen. Siempre en las relaciones alguien me abandonaba o no me elegía, entonces por miedo nunca le conté. Con el tiempo dejamos de ir a esos encuentros y a esos asados, porque ya no había necesidad de hacerlo”, relató Raquel.

El proceso de alejamiento del consumo se dio de manera gradual y estuvo atravesado por cambios en la vida cotidiana y en los vínculos. A la par, la asistencia a la iglesia le aportaba bienestar, tranquilidad y una sensación de paz que reducía la necesidad de consumir, en un contexto donde tampoco había consumo de alcohol. No recurrió a una rehabilitación formal, pero destacó la importancia de sentirse acompañada y rodeada de personas clave.

En el plano personal, una de las mayores dificultades fue dejar de frecuentar espacios y relaciones donde el consumo estaba naturalizado, tanto entre amigos como en el ámbito familiar.

A su vez, la ansiedad que antes canalizaba a través de las drogas se trasladó a la comida, con un aumento de peso, aunque esa etapa también trajo cambios positivos: la recuperación de proyectos simples, metas a corto plazo y una mayor organización de los días, los horarios de descanso y la vida cotidiana.

La fe

“Para mí la fe fue contundente en mi proceso. Volví a sentir que alguien llenaba ese vacío en mi corazón. Vengo de una familia cristiana y después dejé de congregarme y de ir a los grupos que tenía, y reemplacé a esa gente por otra, y ahí fue donde vinieron las malas ideas, las malas conductas y las crisis. Cuando volví, me reencontré y sentí una paz sin necesidad de drogarme, porque el consumo tenía que ver con querer olvidar los problemas, las cosas que te pasaron y lo poco válida que te sentís. No tuve rehabilitación, pero siento que Dios me rodeó de la gente necesaria”, sostuvo.

En otro plano, una experiencia de abuso sufrida en la infancia apareció como una marca que, según contó, quedó instalada en sus sentimientos y emociones, aunque durante años el recuerdo permaneció bloqueado. Ese bloqueo se sostuvo hasta pasados los 30, cuando una conversación reactivó la memoria y le permitió entender por qué los temas vinculados a abusos la interpelaban tanto en su trabajo. En ese recorrido, el acompañamiento a través de un programa destinado a personas abusadas y la fe ocuparon un lugar central, con Dios como pilar para orientar sus conductas y su forma de vincularse.

También recordó un episodio que ubicó como el fin del consumo, cuando encontró cocaína en su billetera y ante la posibilidad de regalársela a otra persona, decidió descartarla al dimensionar el daño que causa. A partir de allí, el ordenamiento de la vida cotidiana se sostuvo de manera gradual, junto con su pareja y la reconstrucción del vínculo con su hija.

Cambio de mirada

“El consumo cambió mi forma de hacer periodismo y también mi manera de mirar la vida como persona y como mamá. Yo pensaba que se drogaba el de la esquina, el que no tenía recursos, y entendí que atraviesa a todas las clases sociales y que muchas veces se tapa por vergüenza”, expresó.

Y agregó: “Durante mucho tiempo tuve miedo de hablar por ser una persona pública, pero ponerlo en palabras también puede ayudar a otros a blanquear su situación y pedir ayuda. Yo tuve problemas con el alcohol, el cigarrillo y la cocaína, y pude salir; ese es el mensaje que quiero transmitir: se puede, pero el primer paso es reconocer el problema y buscar ayuda”, planteó la periodista.

Desde esa mirada, sostuvo que persisten prejuicios y silencios que asocian el consumo únicamente con personas sin proyectos, sin trabajo o sin vínculos, cuando en realidad atraviesa a todos los sectores sociales y se instala de manera sigilosa en distintos ámbitos. Al mismo tiempo, remarcó que sigue presente la idea de que es mejor no hablar del tema ni pedir ayuda, aunque reconoció avances en el abordaje de la salud mental, con una mayor aceptación de la consulta psicológica.

No obstante, advirtió que muchas veces no se reconoce que detrás de cuadros de ansiedad o depresión puede haber una adicción, entendida como una forma de calmar un dolor profundo vinculado a las emociones, la identidad y el sufrimiento personal, que suele comenzar con sustancias socialmente aceptadas y escalar hacia otras sustancias.

El inicio de los problemas con las drogas quedó ubicado hace unos quince años, mientras que el período sin consumo alcanza los trece. El tiempo atravesado por la adicción fue menor al de otras personas que requieren internación o tratamientos intensivos, aunque Raquel dejó claro que salir es posible y que implica un esfuerzo personal importante, ya que la adicción afecta la voluntad y la capacidad de decisión. Según puntualizó, el entorno es clave para acompañar estos procesos, al tratarse de una enfermedad que requiere ayuda inmediata cuando aparece el pedido

En ese contexto, destacó la existencia de dispositivos públicos en Misiones, como el Centro de Prevención de Adicciones, que permiten iniciar tratamientos con acompañamiento profesional sin que la falta de recursos económicos sea una barrera, en el marco de una política pública que amplió el acceso a la atención.

“Sí se puede salir y el primer paso es reconocer que hay una adicción y pedir ayuda, sin importar la clase social. Es mejor buscar acompañamiento hoy que terminar mañana en una noticia policial. No siempre se deja de un día para el otro: suele ser un proceso y puede haber recaídas, pero lo importante es volver a levantarse y recurrir a quienes ayudan. Hay espacios como el 33:3 y centros de atención donde pueden acercarse tanto la persona que consume como su familia para recibir orientación y empezar a encontrar un camino”, cerró.

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