El príncipe valiente del ballet, entre piruetas en adagio, volanteadas y ollas populares

Dia uno
Dia uno

Federico Fernández es el primer bailarín del Teatro Colón, un especialista en equilibrios lentos y controlados a quien los críticos de ballet describieron desde el inicio de su carrera como un «danseur noble», el arquetipo del príncipe que protagoniza clásicos como el Lago de los Cisnes o Giselle, y esa definición, que en un diario retomaron para presentarlo como «el príncipe valiente», lo acompaña en su reciente rol de candidato a legislador porteño por el Frente de Todos.

Aquel rótulo periodístico aludía entre otras cosas a sus reiterados pronunciamientos por los derechos de los trabajadores de teatros públicos, entre ellos el Colón, bandera que el propio Fernández mencionó como una de las prioridades al compartir su visión sobre las políticas culturales necesarias en CABA.

«La cultura también es un laburo y una industria», subrayó al referirse a ese punto.

Fernández, de 35 años, aceptó ser candidato en la lista del FdT tras una propuesta de la economista Delfina Rossi, referente de la agrupación Buenos Aires 3D (por Desarrollo, Diversidad y Democracia), organización de la que participa como vecino de la comuna 1 (vive en el barrio de San Nicolás, frente a la pizzería El Cuartito, aunque deba privarse de empanadas y pizzas), y su interés por la política comenzó «desde chico», al escuchar conversaciones familiares.

Su madre, la pianista Diana Kraitzman, que murió hace seis años, lo incentivó a aprender danza cuando lo veía bailar cualquier música que sonara en la casa, y cuando era una adolescente estuvo en pareja con un militante montonero de la UES que fue secuestrado y desaparecido en septiembre de 1979: se llamaba Daniel Crosta, tenía 19 años y con Diana ya habían tenido un hijo, que es el hermano mayor del bailarín y flamante candidato.

Al responder sobre el Colón, su lugar de ensayo y trabajo de todos los días, Fernández contó que «en los últimos diez años sintió como un dilema existencial» por integrar los cuerpos estables de un teatro «que no dejó nunca de ser un público» pero que al mismo tiempo «funciona más como un espacio privado y excluyente», según denunció el primer bailarín que, a pesar de todo, definió a la sala lírica valorada a nivel mundial como la «pasión» de su vida.

Foto: Pablo Añeli.Foto: Pablo Añeli.

Share this Article