“A los 13 años comencé con la cocaína. Cuando yo me fui de acá estuve con otra junta que sólo tomaban, al principio podía evitar, pero fue de mal en peor, ahí agarré el casino virtual, el alcohol. Necesitaba una dosis de gilada (cocaína) para jugar al casino y mientras que jugaba al casino necesitaba una cerveza y cuando me quedaba sin plata y estaba sin trabajo tenía que tomar pastillas para salir a robar, después fumarme un faso para bajarme y poder dormir”, cuenta Lautaro Ávalos, un joven correntino de 22 años que hace tres meses volvió a la Casita San Miguel de Posadas tras una recaída.
No es sencillo, no es simple, es una pelea interna constante y para siempre. Así lo relatan ellos mismos, los que personificaron la decadencia humana y hoy intentan recuperar la vida que perdieron por las adicción a las drogas. Sus voces y sus historias se leerán en las páginas de este informe dominical, no con el objetivo de ser complacientes, pero tampoco para juzgarlos, porque ya bastante se martirizan reviviendo un pasado que hizo un daño irreversible.
Las narraciones son de personas con adicciones a las sustancias ilegales, es un recorte, y por ello quedan fuera otras como el alcohol y el cigarrillo. Intentan reflejar que este flagelo no discrimina edades, ni clases sociales, atrapa a todos por igual y nadie sale de allí ileso.
Son testimonios reales, dolorosos y aunque la mayoría prefirió dar su identidad porque quizás en ellos otros se puedan ver y así buscar ayuda, hubo quienes optaron por resguardarse. Es que el estigma, el señalamiento y quizás también las cosas que hicieron bajo los efectos de los narcóticos, los avergüenzan.
También hablan algunas madres desde el acompañamiento a la lucha de sus hijos hasta el grito de ayuda de otra que asegura que su hijo adolescente adicto a la pipa le roba todos los días para drogarse.
Aliviar una pena mayor
“Si esto se transforma luego en una adicción, ahí el mecanismo del placer no existe, porque se trata de personas sufrientes que buscan aliviar una situación que les pesa y los sobrepasa”, advierte Jorge Catelli, doctor en Psicología que aporta su mirada en este informe.
A pesar de esto seguramente tendrán sus discrepancias algunos lectores con que estos marginados tengan su desahogo en un medio de comunicación, pero no hablar de ciertas cosas no borra el drama social y global del consumo de sustancias que pierde a miles y miles de personas en el mundo.
No opaca ni siquiera un poquito que en Argentina cada vez se vean más bebés con síndrome de abstinencia por el aumento del consumo de mujeres durante el embarazo, lo dio a conocer una investigación de la Revista Anfibia en hospitales de Buenos Aires.
Tampoco puede eclipsar que un gran porcentaje de los menores de edad que delinquen en Misiones tengan problemas con el consumo, como lo reportan los informes de los Centros Modelo de Asistencia y Seguimiento de Niños, Niñas y Adolescentes en Conflicto con la Ley Penal (Cemoas).
En el Centro Provincial de Adicciones, por ejemplo, durante el primer semestre del 2025, los turnos otorgados mostraron que la cocaína es la principal sustancia asociada a la demanda,con 117 casos (33%), le siguen el alcohol (90 casos, 26%) y la marihuana (61 casos, 18%).
Un familiar, un amigo o un conocido, seguramente conozcamos a alguien que está atravesando por esto y es difícil entenderlos en profundidad, por eso seguramente se tienda a creer que “están así porque quieren”. Pero todos en Casita de San Miguel, un espacio que lleva adelante el padre Daniel Pesce, los 27 varones en rehabilitación que conviven allí saben que no es así.
Además de sanar el cuerpo, sanan el alma, realizan actividades en la huerta, con animales de corral, en la cocina y hasta construyen ellos mismos los nuevos espacios. Se apoyan también unos a otros, porque vivieron lo mismo, pueden hablar con la autoridad de quien estuvo bien abajo y vio la salida. Muchos allí son de bajos recursos y tuvieron una infancia marcada por ausencias, violencia y el consumo de algunos miembros de su familia.
En la Fundación Reto, por su parte, sigue en rehabilitación Katia Vera (23). Tuvo una hija a los 19 años, pero su madre la alejó de ella por la situación en la que se encontraba. “Creo que esa fue la mayor pérdida que me causó la droga”, afirma.
Porque es así, lo pierden todo. Familia, amigos, trabajo, el futuro. Hay presencia física, pero ausencia emocional. Las historias mencionadas aquí y otras forman parte de este trabajo. Muchos hablan del click que les abre los ojos, en ocasiones ligadas a la muerte. Es que muchas veces habían prometido cambiar, pero un adicto sabe manipular para conseguir lo que quiere, el egoísmo es su mejor amigo, la droga le susurra al oído que sin nadie no hay límites, que solo se es libre.
Pero ahora están ahí, en el camino hacia la rehabilitación, con proyectos, reconciliaciones y ganas de escribir un nuevo capítulo de su historia