Fue a denunciar un robo y terminó preso por un asalto que no cometió: dos semanas en una celda y medio millón para soltarlo

Dia uno
Dia uno

Mariano Kuchar volvía a su casa en Ingeniero Budge cuando fue atacado por motochorros. Llegó a la comisaría para hacer lo que pide la misma policía, que las víctimas denuncien. Pero todo lo demás fue un drama.

El viernes 15 de octubre, entre las 19.40 y 20 horas, Mariano Kuchar (27), empleado de Mantenimiento de la feria de Punta Mogotes, bajó del colectivo y comenzó a caminar hacia su casa de Budge, Lomas de Zamora. Lo esperaban su mujer y sus tres hijos.

El plan era compartir unos mates. Venía de una sesión de kinesiología. Se estaba recuperando de una operación de una de sus rodillas. Hasta ahí todo normal. Hasta que dos motochorros frenaron delante suyo y su suerte empezaría a cambiar por completo. Al punto de que hoy, además, sufre pesadillas todas las noches.

El que se bajó de la moto, armado con un revolver calibre .22, le metió la mano en el bolsillo y le quitó los 14 mil pesos que había extraído de un cajero, antes de entrar a kinesiología. El piloto dio una orden: «Sacale el celu también». Mariano se negó. El teléfono era viejo, pero ahí guardaba los contactos de la canchita que administra con su mamá, su segundo trabajo. Lo usaba para reservar turnos.

El ladrón, enojado, le pegó un culatazo y se le escapó un disparo, que entró y salió de la mano derecha de Mariano. Ensangrentado, corrió hacia su casa. Los ladrones escaparon. El día había cambiado. Aunque faltaba lo peor.

Un amigo lo llevó al hospital Oscar Alende. Era el más cercano de la zona. Cada vez que ingresa un paciente herido de arma de fuego, los médicos deben avisarle a la Policía. Mariano no lo sabía: cerca de las 17:30 de ese mismo día, un ladrón había escapado de la Policía Bonaerense, en la zona de Parque Barón. Junto a un cómplice habían robado una camioneta Ford Ranger.Kuchar tiene un hermano policía, que le aconseja no denunciar a la Bonaerense tras lo sucedido. Foto: Fernando de la Orden

Kuchar tiene un hermano policía, que le aconseja no denunciar a la Bonaerense tras lo sucedido. Foto: Fernando de la Orden

Uno fue detenido. El otro huyó. Y según creían los policías que intervinieron en el operativo, «podría estar herido». Eso comunicaron por la frecuencia policial. Por eso, cuando Mariano contó la versión del robo, y había sido herido de bala, sintió que los policías no le creían. «¿Así que te dieron un tiro y no te sacaron el celular?» , le preguntaron, riéndose.  

Del hospital se fue a la Comisaría 10 de Budge. Lo llevó un amigo. Luego de declarar y contar su versión, aparecieron dos policías con un juego de esposas. Lo esposaron. «¿Qué pasó, oficial?», «me estoy asustando» eran algunos de los comentarios de Mariano, sin obtener una sola respuesta. «Vení, ponete acá que te vamos a sacar una foto», le dijeron.

Era la típica foto que le hacen a los detenidos para enviársela a los medios de prensa, para comunicar el esclarecimiento de un caso. En un momento, le contaron la verdad: «Hay un policía que te reconoce por el robo en Parque Barón. Te tenemos que llevar hasta allá. La UFI 3 pidió tu detención».

Mariano pidió ir hasta su casa. Decía tener los tickets del cajero automático como prueba. Hasta el cansancio les juró que no tenía nada que ver con el robo. 

Entró esposado a la comisaría 9 de Parque Barón. El primer policía que lo vio entrar, lo tomó de la mano herida, se la apretó y le dio un trompazo. Lo metieron en uno de los calabozos. Al segundo ingresaron cuatro policías hombres y una mujer que le exigieron que se desnudara. Luego comenzaron a pegarle en el cuerpo. En la cara, solo cachetadas. Seguía esposado.

«Yo lloraba de miedo, de dolor, de todo junto», recuerda Mariano hoy, en su casa. «En un momento aparece el policía que decía haberme reconocido. ‘Mirá cómo te enganché! ¿Y si me matabas? ¡Yo tengo familia!’ me gritaba. Les juraba que no tenía nada que ver, pero me pegaban igual «. Todavía había más. 

En un momento, uno de los policías se fue. Regresó con una botella de agua, se acercó a Mariano y lo mojó. Ahí nomás le demostraron una picana eléctrica. «¿La enchufo?», Le preguntaban. «Firmá o te morís acá», lo amenazaban. «La mujer policía era la que más me gritaba. Tenían un papel que decía algo de un robo y no les quería firmar», detalla.

«Los presos que estaban en otro calabozo me decían que no firmara nada. Y gritaban que ‘dejaran de verduguearme’ «, cuenta Mariano, con la voz temblorosa. Como se seguía negando a firmar, uno de los policías fue a buscar una palangana con agua. Le dieron la orden: «Metete adentro «. Mariano seguía desnudo .  

Después ingresó otro detenido. El capturado en el robo de Parque Barón, el de la camioneta Ranger. «¿No se dan cuenta que el pibe no tiene nada que ver? No es mi compañero», gritó apenas vio los golpes a Mariano. En ese momento dejaron de pegarle. Tenían una propuesta. Para los dos: «Llamen a sus familias y que traigan 500 mil pesos. Si no, se van a pudrir en la cárcel. Miren que si queremos podemos conseguir testigos que digan que ustedes fueron los ladrones». 

Minutos despues, Mariano subio un móvil policial. «Vas a Cuerpo Médico», fue la indicación. «Me amenazaron todo el viaje. Creí que me llevaban a un descampado, para matarme. ‘Negro rata, te debería que haber matado’, me decía el que creía que yo había participado del robo de Parque Barón».     

Consultar con las cámaras de seguridad de Lomas de Zamora, y del cajero, analizar los tickets emitidos como prueba, y citar a declarar a los empleados del centro médico al que fue Mariano implicaría tiempo. Semanas, incluso meses. Pero había un detalle que podría haber aclarado la detención en el momento: la herida.

La del delincuente que se había fugado del robo, y que estaba herido, debería tener un diámetro acorde a una 9 milímetros (suele ser de 8,26 milímetros), ya que se habría tratado de un enfrentamiento con la Policía y la fuerza usa ese tipo de armas. Mariano tenía la marca de un proyectil calibre 22 (suele ser de 5,5). Era cuestión observarla. O de consultar con el informe médico, que afirmaba el calibre del proyectil que había lastimado su mano.  Mariano administra unas canchitas de fútbol junto a su madre, además ser empleado de mantenimiento en La Salada. Foto: Fernando de la Orden

Mariano administra unas canchitas de fútbol junto a su madre, además ser empleado de mantenimiento en La Salada. Foto: Fernando de la Orden

«Ponele que el policía realmente creía que Mariano era el ladrón. Pero le faltó utilizar el sentido común», plantea Ignacio Chuit, abogado de Mariano. «Mi cliente se presentó a declarar por su cuenta en la comisaría. Y en el hospital también. ¿Qué ladrón haría eso? El verdadero delincuente va al hospital después de un tiroteo solo si su vida corre peligro, porque sabe que los casos de herido de bala toman intervención policial. La herida de Mariano no era nada. El problema acá es que cuando un policía no puede detener a una persona en un hecho, pierde galardones. Y si la encuentra, recupera los galardones. Mariano representaba la pieza que les faltaba», agrega.

«Es igual al que le disparé. Para mí es él», escuchó Mariano decir al policía que lo señalaba mientras estaban en Cuerpo Médico. Cuando creyó que todo se terminaba, se enteró que debía dormir en la comisaría. Al otro día le tocaría declarar en la UFI 3 de Lomas de Zamora. En la fiscalía sugirió que compararan sus huellas con las halladas en la camioneta Ranger y el arma que le secuestraron al detenido. De ahí regresó a la comisaría. Por primera vez, lo metieron en celdas con cuatro detenidos más. Se quedaría en el mismo lugar hasta el viernes 29 (13 días más). Esa mañana declaró una empleada del centro médico y Mariano fue liberado cerca del mediodía. Afirmó que no tenía ninguna herida en la mano a la hora de la sesión. Está, desde lo legal, «excarcelado».  

Junto a su abogado buscan el sobreseimiento. Todavía esperan las imágenes de las cámaras de seguridad. 

«Mi hijo no es el único que no puede dormir. Yo también tengo miedo de que me lo maten. Estas cosas pasan porque el 90% de las víctimas se callan», dice Elizabeth, a metros de un cuadro que pintó: es un policía, de uniforme, con una pistola. Representa a otro de sus hijos, que es agente de la Policía Federal. En la familia son varios los miembros que trabajan en la fuerza.

«Mi hijo policía me dice que no denunciemos a la Bonaerense: cree que a Mariano le pueden plantar un arma, o droga, o directamente matarlo». En las últimas horas notaron la presencia de varios patrulleros merodeando la casa de la madre de Mariano (esa es la dirección que figura en su domicilio). Estacionaron y se quedaron durante varios horas. Lo mismo con un auto particular, con dos hombres vestidos de civil. 

Mariano no quiere salir de su casa. Por las noches sueña con los policías. A veces se despierta tapándose la cara, como si le estuviesen pegando. Le pide a sus vecinos que le hagan los mandados. Otros le dicen «no salgas solo. Salí con tu mujer a todos lados». Pero él dice que se moriría si también le arman una causa a ella. Chuit, el abogado, lo escucha. Y pregunta: «¿Cómo puede ser que le teman a los que nos deben cuidar? Gente de trabajo, que en su vida pisó una comisaría. ¿Por qué tiene que vivir con miedo?».

clarin

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