El 3 de septiembre de 1971 se selló uno de los capítulos más oscuros y simbólicos de la historia política argentina: la devolución de los restos de Eva Perón a su viudo, Juan Domingo Perón, en su residencia de Puerta de Hierro, Madrid. Tras haber permanecido oculto durante 14 años bajo una identidad falsa en un cementerio de Milán, en un operativo que involucró a las más altas autoridades militares de Argentina y a la cúpula de la Iglesia Católica, incluyendo al Papa Pío XII, el cuerpo fue exhumado y trasladado en una caravana secreta a través de Europa. El reencuentro, cargado de tensión y emoción contenida, incluyó la apertura del féretro ante la presencia de militares, sacerdotes y antiguos enemigos, y culminó con la confirmación de Perón sobre la identidad de los restos, poniendo fin a un largo periplo de ocultamiento y profanación.
En la temprana noche del 3 de septiembre de 1971, hace ya cincuenta y cinco años, una caravana de vehículos con un cargamento místico y secreto se detuvo a escasos trescientos metros de la residencia del expresidente argentino Juan Perón en el elegante barrio de Puerta de Hierro. El inusual desfile estaba compuesto por un furgón Citroën, de los utilizados para repartir flores o golosinas, un par de patrullas de la Guardia Civil española y dos autos particulares. La furgoneta cargaba en su interior el ataúd con los restos de María Eva Duarte de Perón, que iban a ser devueltos a su viudo tras un exilio forzoso y ocultamiento que duró catorce años.
El operativo de traslado y entrega estuvo dirigido por el coronel argentino Héctor Cabanillas, ex titular del Servicio de Informaciones del Ejército en 1957, quien custodiaba el secreto del paradero del cuerpo. Cabanillas ordenó una detención estratégica de la caravana poco antes del destino final por un motivo alegórico: faltaban pocos minutos para las ocho y media de la noche y el militar no quiso llegar a Puerta de Hierro ni entregar el cuerpo a la mítica hora de la muerte de Eva Perón, las 20.25 del 26 de julio de 1952. Superada esa barrera temporal y simbólica, el cortejo entró en la residencia.
La devolución del cadáver fue una decisión política del entonces presidente de facto de la Argentina, general Alejandro Lanusse, como una muestra de buena voluntad hacia Perón en el marco de su estrategia del Gran Acuerdo Nacional. El ocultamiento del cuerpo, sin embargo, había involucrado a Lanusse años antes. Cuando en 1957 Cabanillas organizó el traslado del cuerpo a Italia, la operación contó con la decisiva colaboración de la Iglesia Católica. Un sacerdote paulista, el padre Francisco “Paco” Rotger, confesor de Lanusse, contactó al Papa Pío XII, quien dio su aprobación y apoyo. La Iglesia se encargó del entierro de Eva Perón bajo la falsa identidad de María Maggi de Magistris en el Cementerio Maggiore de Milán, operación que también contó con el apoyo del entonces arzobispo de Milán, Giovanni Battista Montini (luego Papa Paulo VI).
A la estrategia política de Lanusse se sumaba otra razón de peso para la restitución: el secuestro y asesinato del ex presidente Pedro Eugenio Aramburu por la guerrilla «Montoneros» en 1970. Aramburu, acusado de la desaparición del cadáver, había mantenido el secreto militar ante sus captores antes de ser ejecutado. Montoneros estaba sobre la pista del cadáver con intenciones de darle un uso político, lo que apresuró los planes del gobierno de Lanusse.
Cabanillas, dueño de la documentación que revelaba el sitio de la tumba (campo 86, tombino 41 del Cementerio Maggiore), organizó la exhumación en el máximo secreto. El 1 de septiembre, ante Cabanillas, el padre Madurini (superior de la orden de San Pablo a cargo de la tumba) y el suboficial Manuel Sorolla (quien participó en el ocultamiento inicial en 1957), el ataúd fue desenterrado. Al abrirlo, los sepultureros gritaron “¡Milagro!” al ver la figura intacta de Eva Perón, preservada por el embalsamador Pedro Ara, obligando al padre Madurini a dar una mentira piadosa sobre la extensión del arte de embalsamar en América del Sur. El féretro emprendió entonces un viaje por carretera de casi 1580 kilómetros desde Milán hasta Madrid, custodiado por Sorolla y un chofer italiano. En la frontera española de La Junquera, la Guardia Civil se hizo cargo del transporte.

Al llegar a Puerta de Hierro, el féretro fue ingresado a la residencia, donde esperaban Perón; su tercera esposa, María Estela Martínez; su secretario, José López Rega; el delegado personal de Perón, Jorge Daniel Paladino; dos sacerdotes mercedarios; el agregado cultural Manuel Gómez Carrillo; y el embajador Rojas Silveyra. El ataúd fue colocado sobre una mesa y Perón saludó fríamente a Cabanillas. Cerca de las nueve y media de la noche, Rojas Silveyra tomó el mando para certificar legalmente la identidad de los restos. Se levantó la tapa del féretro de madera y se toparon con un cerramiento de zinc que también debía ser abierto. En un momento de tensión, López Rega apareció con un soplete en la mano, poniendo en riesgo el cuerpo volátil por los químicos del embalsamamiento, pero fue frenado por el embajador. Finalmente, abrieron la chapa de zinc con abrelatas caseros o un cortafierros y martillo, según las versiones.
En ese instante crucial, López Rega intentó poner en duda la identidad del cadáver gritando a Perón: “General, esta no es Evita… No firmé el acta. No es Evita…”. Cabanillas contuvo el aliento ante la posibilidad de que su misión de catorce años fuera cuestionada por el asistente. Perón se acercó al cuerpo de su exmujer y selló el drama con la frase definitiva: “Sí, es Evita”. Cabanillas volvió a respirar. El acta histórica fue firmada por Perón, Rojas Silveyra, Gómez Carrillo y el padre Madurini (bajo el nombre Alessandro Angeli). Madurini entregó a Perón un rosario regalo del Papa Pío XII a Evita en su viaje por Europa. Isabel Perón no quiso firmar el acta, pero se dedicó a peinar los cabellos del cadáver.
Años después, el embajador Rojas Silveyra recordaría ante el periodista Tomás Eloy Martínez que, tras la ceremonia, Perón lo invitó a caminar por el jardín de la residencia, tomándolo del brazo. Rojas Silveyra, notando que el general tenía “los ojos aguados, lagrimosos”, le dijo: “Señor, se ha emocionado usted”. Perón, en un gesto de inusual franqueza ante su enemigo, contestó: “Y…, aunque ustedes no crean, yo he sido muy feliz con esta señora, con esta mujer. Y le debo muchas de las cosas que yo he sido”.